Tenía como diecinueve años y haber terminado de leer el libro de El Pobre de Asís, de Nikos Kazantzakis, había hecho brotar en mi cabeza una rara obsesión por comunicarme con los animales.
A los diecinueve años uno empieza a perder por completo la esperanza de seguir creciendo. Las tías te dicen: “De aquí a que cumplas los veintiuno sí alcanzas el uno sesenta”, pero las tías nunca pierden la esperanza de que sus sobrinos sigan creciendo eternamente. Supongo que las tías viven aferrándose con uñas y aretes de fantasía a la idea de seguir siendo tías. Cuando uno crece y abandona la casa materna para hacer su propia vida en… no sé, las islas de Alicante, las tías se juntan para ver las fotos que uno le ha mandado a la madre y lo único que pueden pensar, además de cuánto nos ha crecido la barriga (lo más normal), es en los días en los que nos cuidaron o nos vieron romper la piñata de picachu en alguna fiesta infantil o cuando hacíamos un escándalo porque nos negaban el segundo vasito de coca. Que uno esté ya en la playa hinchándose de vino y paella sin que nadie intente impedirlo las hace sentir ancianas y olvidadas (lo más normal).
Pero yo estaba hablando de mi recién adquirida resignación hacia el futuro, un futuro que estaría obligado a ver desde una perspectiva… cómo decirlo, ¿minimalista? Me preocupaba de verdad mi estatura. Desde niño soñé siempre con poder ver qué había más allá de las rejas y portones de las casas ajenas sin tener que invadir la propiedad privada, actividad que una persona bien crecida puede hacer invirtiendo únicamente el esfuerzo que requiere estirar bien el cuello y asomarse. Para mí, un pigmeo entrometido, la curiosidad colindaba con el delito, y esa división política podría convertirse, de ser descubierto, en los barrotes de una cárcel. Así que, no sé con qué razón, pensaba que si fuera capaz de comunicarme con los animales, especialmente con los más diminutos, podría recibir alguna especie de consuelo.

San Francisco de Asís regañando a un lobo que anduvo comiendo paisanos.
Creo que es imposible para cualquier persona saber qué hacía San Francisco de Asís para que los animales le entendieran y obedecieran. Lo único que dejó fueron historias de sufrimiento autoinducido, milagros divinos y de fervor religioso incuantificable. Ningún instructivo, ningún recetario. Qué cosa molesta. Si uno quisiera algún día hacer el milagro de la levitación, por ejemplo, no sabría cuántas oraciones hacer, cuántos días de ayuno, cuántas horas de flagelarse con una vara. Cualquier variación en la fórmula y nuestro milagro de la levitación podría convertirse en algún otro truco de magia insignificante. Además yo no quería hacer ninguna de esas cosas, desayunar siempre ha sido el clímax de todos mis días.
Así estaban las cosas, ¡carachas!. No es fácil tener diecinueve años y ver que todo a lo que uno aspira se desploma como en ataque epiléptico. No es fácil y no es divertido pero lo único que te queda es esa angustiante y aterradora sensación de que tienes que hacer algo, cualquier cosa. Y tal vez esa sea la clave. San Francisco de Asís dejó su casa de burgués y su ropa de burgués y su bobo romanticismo de burgués para caminar descalzo, golpearse a sí mismo y mediomorirse de hambre cada día. Y logró hacer varios milagros. Yo, víctima de las comodidades del consumismo y el maternalismo, no podía abandonar nada de eso. Lo que se me ocurrió fue trasquilarme únicamente la parte superior de la cabeza, envolverme el cuerpo desnudo en la bata de baño y ensuciarme los pies pálidos con tierra de maceta. Posiblemente, si mi desasosiego era lo suficientemente convincente, los animales me confundirían con un santo y quisieran compartirme sus nobles pensamientos. Así vestido, agarré del librero La Metamorfosis de Franz Kafka y bajé a la fosa séptica de mi casa a leerles a las cucarachas.
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