Jul 10

Las diecinueve tías de San Francisco de Asís (parte 1).

Tenía como diecinueve años y haber terminado de leer el libro de El Pobre de Asís, de Nikos Kazantzakis, había hecho brotar en mi cabeza una rara obsesión por comunicarme con los animales.

A los diecinueve años uno empieza a perder por completo la esperanza de seguir creciendo. Las tías te dicen: “De aquí a que cumplas los veintiuno sí alcanzas el uno sesenta”, pero las tías nunca pierden la esperanza de que sus sobrinos sigan creciendo eternamente. Supongo que las tías viven aferrándose con uñas y aretes de fantasía a la idea de seguir siendo tías. Cuando uno crece y abandona la casa materna para hacer su propia vida en… no sé, las islas de Alicante, las tías se juntan para ver las fotos que uno le ha mandado a la madre y lo único que pueden pensar, además de cuánto nos ha crecido la barriga (lo más normal), es en los días en los que nos cuidaron o nos vieron romper la piñata de picachu en alguna fiesta infantil o cuando hacíamos un escándalo porque nos negaban el segundo vasito de coca. Que uno esté ya en la playa hinchándose de vino y paella sin que nadie intente impedirlo las hace sentir ancianas y olvidadas (lo más normal).

Pero yo estaba hablando de mi recién adquirida resignación hacia el futuro, un futuro que estaría obligado a ver desde una perspectiva… cómo decirlo, ¿minimalista? Me preocupaba de verdad mi estatura. Desde niño soñé siempre con poder ver qué había más allá de las rejas y portones de las casas ajenas sin tener que invadir la propiedad privada, actividad que una persona bien crecida puede hacer invirtiendo únicamente el esfuerzo que requiere estirar bien el cuello y asomarse. Para mí, un pigmeo entrometido, la curiosidad colindaba con el delito, y esa división política podría convertirse, de ser descubierto, en los barrotes de una cárcel. Así que, no sé con qué razón, pensaba que si fuera capaz de comunicarme con los animales, especialmente con los más diminutos, podría recibir alguna especie de consuelo.

San Francisco de Asís regañando a un lobo que anduvo comiendo paisanos.

Creo que es imposible para cualquier persona saber qué hacía San Francisco de Asís para que los animales le entendieran y obedecieran. Lo único que dejó fueron historias de sufrimiento autoinducido, milagros divinos y de fervor religioso incuantificable. Ningún instructivo, ningún recetario. Qué cosa molesta. Si uno quisiera algún día hacer el milagro de la levitación, por ejemplo, no sabría cuántas oraciones hacer, cuántos días de ayuno, cuántas horas de flagelarse con una vara. Cualquier variación en la fórmula y nuestro milagro de la levitación podría convertirse en algún otro truco de magia insignificante. Además yo no quería hacer ninguna de esas cosas, desayunar siempre ha sido el clímax de todos mis días.

Así estaban las cosas, ¡carachas!. No es fácil tener diecinueve años y ver que todo a lo que uno aspira se desploma como en ataque epiléptico. No es fácil y no es divertido pero lo único que te queda es esa angustiante y aterradora sensación de que tienes que hacer algo, cualquier cosa. Y tal vez esa sea la clave. San Francisco de Asís dejó su casa de burgués y su ropa de burgués y su bobo romanticismo de burgués para caminar descalzo, golpearse a sí mismo y mediomorirse de hambre cada día. Y logró hacer varios milagros. Yo, víctima de las comodidades del consumismo y el maternalismo, no podía abandonar nada de eso. Lo que se me ocurrió fue trasquilarme únicamente la parte superior de la cabeza, envolverme el cuerpo desnudo en la bata de baño y ensuciarme los pies pálidos con tierra de maceta. Posiblemente, si mi desasosiego era lo suficientemente convincente, los animales me confundirían con un santo y quisieran compartirme sus nobles pensamientos. Así vestido, agarré del librero La Metamorfosis de Franz Kafka y bajé a la fosa séptica de mi casa a leerles a las cucarachas.

Jun 25

Tres tristes todos.

La mascota de Locatel se divierte haciendo como que busca a tu papá.

La diferencia entre una persona perdida y una desorientada es que la segunda tiene la creencia de que a la vuelta de la siguiente esquina, al otro lado de un puente peatonal o tal vez si continúa hasta llegar al final de la avenida en la que está, se encontrará algún rostro conocido, escuchará tal vez un gritillo que le parezca familiar o alcanzará a distinguir el reconfortante graffiti de la pandilla local pintarrajeado en las paredes de un baldío. La gente que está perdida no tiene tiempo para aferrarse a la ingenuidad, porque sabe que está condenada a vivir una aventura que durará tanto como dure el resto de su vida. 

May 12

Si tu nombre es Alberto Machado, tu novia te ama.

(Pero te acaba de ser infiel).

(Conmigo).

(Toda la noche).

(Se acabaron los condones y tuvimos que reutilizar uno del cesto).

Esta historia está dedicada al maestro Asentus Ogwella Akuku y a sus 130 esposas.

No me acuerdo que día de la semana fue. Tal vez un lunes o un miércoles o un sábado. Cuando tu única preocupación es mantenerte hecho un ovillo en la cama porque en universos como este ni si quiera el suelo es de confiarse, el tiempo fluye de una forma torpe y discontinua, como sorber miel con un popote que fuga. 

El asunto es que aquel día tocaron la puerta de mi cuarto y me pasaron una carta por abajo de ella. Entré en pánico unos segundos, o minutos, o días… ¿quién podría decirlo? y llegué a la conclusión de que, como la carta no fue tragada bruscamente por el azulejo, podría permitirme alargar un poco mi pierna y alcanzar el sobre con los dedos de mis pies. Y así lo hice.

Para no hacerte largo el cuento, voy a saltarme aquella parte en la que estuve considerando la posibilidad de que aquél paquete fuera un ataque de Antrax que me enviaba alguno de mis enemigos más añejos con el propósito de reavivar el infierno de odio que algún día conectó a nuestras almas, y simplemente diré que era una nota que mi amigo Luciano me enviaba desde su retiro en el bosque.

Era una nota muy breve pero llena de alivio. Decía que ya no tenía miedo, que en el campo estaba seguro. Decía que lo mejor de estar en el bosque era que siempre estaba solo. Decía que lo mejor de siempre estar solo era la seguridad que le daba el saber que no había nadie por allí cerca con intenciones de matarte. 

Naturalmente, con la sobriedad y suspicacia que me caracteriza, empecé a redactar una respuesta justo al reverso de su nota. Le hacía ver, prudentemente, que creerse sólo, y además, seguro no reducía la posibilidad de que existiera allí algún homicida oculto, al acecho de una víctima confiada, solitaria y a muchísimos kilómetros de la ayuda policíaca más cercana. Además le adjunté una lista de arañas y serpientes venenosas que habitaban el bosque.

Al cabo de unos días, o semanas, o meses… ¿quién podría decirlo? recibí una nota que anunciaba la muerte de Luciano. Pisó una trampa para oso que había instalado él mismo. Fue encontrado a unos kilómetros de su choza, hasta donde se había arrastrado en busca de ayuda antes de morirse desangrado, de inanición o de dolor. 

En cuanto me enteré de aquello tuve una revelación: tenerle miedo al peligro es muy peligroso. Llegar a ese nivel de pensamiento es algo que puede cambiarte la vida, eso seguro. Luego me dije: Bueno, amigo mío, es hora de que te levantes de esta cama y hagas lo más peligroso que jamás hayas hecho en tu vida.

Si el recuerdo más antiguo de ti mismo en tu cabeza es tu figura encorvada recostada en una cama, puede que tengas una muy mala memoria o puede que de verdad hayas pasado muchos años así, y que por lo tanto no te quede la ropa que usaste alguna vez. Estamos de acuerdo, acabas de entrar a una etapa de tu vida en la que te inclinas por la osadía, pero el pudor sigue siendo una parte importante de tu esencia y tienes que cubrirte el cuerpo de algún modo. Afortunadamente este último caso no fue el mío y mis pantalones me quedaron perfectamente.

Salí a las calles caminando con un gesto frío y sombrío en el rostro, como el que le vi a un negro en una película de los suburbios de Nueva York. Tengo todavía en la mente su rostro y la imagen de los subtítulos que le cruzaban el cuello. “¿Estás tratando de joderme, negro?”, decían, y yo lo repetía de vez en cuando en mi caminata.

Llegué a un bar en el que se oía música estridente y me recargué en un rincón apoyando un pie en la pared y cruzando los brazos. Mi propósito era mostrarme desafiante y que algún bastardo me retara a los golpes. Cuando se me acercó un tipo, le dije: “¿Estás tratando de joderme, negro?”, pero resultó que sólo era el mesero que venía a ofrecerme una cerveza.

Como mi estrategia no daba resultado, me acerqué a una chica que lloraba; Lorena, tu novia. Te hablo a ti, Alberto Machado. Era ella. Yo estaba allí, junto a tu chica y no sabía que decir. Pensé en decir algo violento, algo como: “Ese gimoteo tuyo es muy molesto para mis tímpanos, negro”, pero aquello, además de no tener sentido, no era peligroso. ¿Qué daño podría hacerme una chica que claramente no tiene las fuerzas suficientes para sostener su propia cabeza y la deja caer en una mesa? Así que supuse que tal vez ella acababa de librarse de la muerte. Le dije:

- Estoy buscando algo peligroso.

Ella alzó la cabeza. Pensé que no era tan débil después de todo y me miró como si yo fuera todo menos una amenaza. Luego se recostó en la mesa de nuevo.

- Debes traer un arma en tu bolsa. - Le dije.

Me miró como lo había hecho antes y dijo:

- ¿Peligroso? Búscate un novio estúpido y enamórate de él.

Recapacité un momento su respuesta, reparando en los peligros que eso podría acarrearme. 

- ¿Te refieres al SIDA? - le dije - eso es muy tardado, además es como gay, ¿no?

- ¡Entonces vete al estúpido bosque alejado kilómetros de toda ayuda policíaca e instala trampas de oso en cada metro cuadrado de tu choza! - contestó ella. Y tenía razón. Todo le parecía estúpido y tal vez todo lo fuera porque ella tenía razón.

Suavicé mi rostro que conservaba en expresión intimidante y dije apenado:

- Algo menos peligroso que tenerle miedo al peligro.

- Acuéstate conmigo. - me dijo.

- ¿Eso sería peligroso?

- Sí.

- ¿Tienes sífilis?

- No.

- No le veo lo peligroso.

- Entonces hazlo por diversión.

¡Diversión! Hace mucho que no escuchaba esa palabra. Risas y demás sonidos guturales. Gritos entusiastas. Si aquello no era la cosa más peligrosa del mundo, sí era un poco osado y tal vez valdría la pena.

- Bueno - le dije, y la saqué corriendo de ahí con mi entrepierna hecha un ocote empapado de gasolina.

Tuvimos sexo, Alberto Machado. Toda la noche. Se nos acabaron los condones y tuve que reutilizar uno del cesto de basura. Se le había pegado un chicle y no me tomé la molestia de despegarlo. Al final, mi entrepierna hecha cenizas de ocote, ella empezó hablar de lo mucho que te amaba y de lo furioso que te pondrías y de lo mucho que mi vida corría peligro. 

- Todos ganamos - me dijo antes de irse.

- Bueno. - le dije yo - ¿pero cómo es que mi vida está en riesgo?

- Mi novio se llama Alberto Machado.

- Mis mejores buenaventuras para Alberto Machado - le dije, y se fue.

Me serví un poco de café. Miré el suelo esperando que me tragara en cualquier momento y, como no fue así, me fui a sentar a la computadora. Chrome mostraba la barra de búsqueda de google y pensé: bueno, ya qué. Busqué tu nombre, Alberto Machado, y ahora supe de qué hablaba tu novia.


Alberto Machado, campeón de fisicoculturismo.

Así que todos ganamos. Todos tenemos lo que queremos, ¿no? Tu novia te ama, Alberto Machado, y yo, con mi mano en el corazón, te pregunto: ¿Estás tratando de joderme, negro? 


May 03

El día más importante de mi vida (o lo que sea).

Otro día importante de mi vida: cuando aprendí a andar en moto.

Si sabes cuál es el día más importante de tu vida, podría asumirse que en tu mente sabes perfectamente qué es la Importancia y que además desarrollaste un método infalible que te permite cuantificarla, compararla y jerarquizarla. Si estás pensando que sí, que así es exactamente y que el día más importante de tu vida fue cuando aprendiste a hacer mole, no te extrañes si algún día vas caminando por la calle y la gente te grite que eres un perfecto mentiroso y te escupa desde su azotea.

Todo aquél que haya leído alguna vez 1984 de George Orwell sabe que es imposible confiar en cualquier tipo de información sobre el pasado. Además, ¿no les parece sospechoso que cada evento “importante” de la historia sea un evento que haya hecho que las cosas de antes empezaran a parecerse a las cosas de ahora? Según la historia, la invención del tenedor fue un acontecimiento importantísimo. Y si le preguntamos a 10 personas qué opinan del presente, seis dirán que es una mierda, dos dirán que el presente no existe, uno será mudo y, el único que opine que es maravilloso, caerá muerto en manos de los otros nueve (los mudos suelen ser terriblemente violentos). Así que la importancia histórica no es de fiarse, importante esto.

Me preocupa cómo es que debería medirse la importancia. ¿Cuál sería su unidad de medida? ¿Cuál sería la relación que nos permitiera hacer una equivalencia entre esa unidad de medida y la unidad de medida que estableciera el sistema inglés por regla de tres? ¿Afectaría los planes de estudio de física de las preparatorias? o más bien: ¿Afectaría esta súbita estandarización universal a la forma en la que vivimos, incluyendo la unidad familiar, las jornadas laborales, el pago de impuestos y hasta el tiempo que se invierte en tratar de aprender a escribir el abecedario en letra cursiva?

Miembro del comité regulador del Sistema Inglés trabajando en una nueva idea que incomode y le lleve la contraria al resto del mundo.


Por eso, mientras los términos subjetivos (como la importancia) continúen siendo subjetivos, tendremos que dejarle a los historiadores del futuro y al azar la tarea de elegir cuáles fueron los días más importantes de nuestras vidas. Siguiendo la lógica disparatada del azar, el día más importante (yo supongo) de nuestras vidas, tendría que ser el día de nuestro nacimiento. Porque, si no se hubieran producido todas aquellas caóticas coincidencias, como que nuestros padres se conocieran, como que a nuestro padre le salieran bien las cosas con nuestras madres para que accedieran a concebirnos a nosotros, o como que nuestra madre haya tenido una mala orientación de parte de nuestros abuelos y haya sido, al menos en la época en la que conoció a nuestros padres, una loca putilla, y el posible futuro prometedor de nuestros padres se haya colapsado desde el día en el que se conocieron. No sé, debieron haber sido una infinidad de variables. Por eso y porque sin nacimiento no hay vida (y en consecuencia ningún día importante de esta), el día en el que nacimos tendría que ser el más importante de nuestras vidas. Los historiadores seguro se sentarían a discutir a susurros nuestras hazañas, pasivísimamente. Cada uno con una versión diferente y muy lejana de lo que fueron en verdad todas nuestras aventuras. Al final, incapaces de ponerse de acuerdo, relatarán la historia a manera de cadáver exquisito y venderán los derechos a The History Chanel por cien mil dólares.

Pensaba en todas estas cosas, sentado en una banqueta, con la vista clavada en una papita en la que podía apreciarse la silueta de Bruce Willis, cuando sentí que alguien desempolvaba el suelo con uno de sus zapatos, y luego se sentaba junto a mí.

- Aquí estás - me dijo.

-¡Ay!- exclamé asustado, porque además de estar absorto en mis cavilaciones, era la voz del rector.

- Se te cayó tu papita - comentó señalando los trozos que la habían formado, la silueta de Bruce partida en cuatro, como un presagio funesto.

- ¡SANTA MADRE! - grité.

- Necesito que le hagas un favor a tu universidad y a mí personalmente.

- No puedo yo sólo contra todos esos tlacuaches - le dije muy deprimido- creí que sí, pero desestimé sus capacidades reproductivas y…

- ¡Olvídate de los tlacuaches!- interrumpió.

- …ya estoy cansado.

- Hiciste lo mejor que pudiste.

- Pueden atacarme mientras hacen trabajo de parto…

- Al último que contratamos para ese trabajo fue a Van Damme…

- …y apenas terminan, ya están procreándose de nuevo.

-…y mira cómo terminó, todo borracho y ceboso.

- ¿QUÉ? - le pregunté muy confundido.

- Nada. Te necesito para otra cosa. Una entrevista.

- ¿A Van Damme?

- No. Dijo que no volvería a pisar este campus mientras tuviera vida.

- ¡Oh!

- Habíamos contratado a Loret de Mola, pero no pudo arrancar su coche. Y dice que nunca ha abordado un camión en su vida.

- ¿Para cuándo está programada?

- Para ahora mismo. Supimos que no veía cuando lo vimos reportando en vivo en el noticiero. Al parecer tampoco supo cómo marcar de larga distancia.

- ¿Van a pagarme?

- Dotación de café con leche y doraditas hasta que termines la maestría.

- No tengo el promedio para iniciar una maestría.

- Ya lo sabía. - Dijo secando el sudor de su frente.

- Está bien - le dije. - Tráigame un libro de notas, una pluma y una de esas grabadoras que utilizan los periodistas.

- ¡De lujo! - dijo aliviado, frotándome la espalda. Fintó con levantarse y luego añadió - ¿No te interesa saber a quién vas a entrevistar?

- Ni en lo más mínimo - le dije parándome de un salto, pisando con fuerza los pedazos de papita.

El rector se fue corriendo y yo aproveché el tiempo que tuve a solas para poner a pelear a unas hormigas.

—-

Resultó que el entrevistado era ni más ni menos que Granês Krittör, una de las mentes más irreverentes, innovadoras y respetadas de la actualidad. Autor de la famosa novela “Almohadas Para los Cerdos” y… bueno, otras cosas que no recuerdo. 

-Bueno- pensé- este posiblemente sea el día más importante de mi vida. 

Y con la mirada de Granês examinándome desde las suelas de mis sandalias, hasta la cima de mi copete, tomé asiento y presioné REC en la grabadora.

-Ya está- pensé- no puedo dejarme intimidar.

Carraspeé seis veces, me limpié el sudor de las manos en un trapo que había sobre la mesa (y que resultó ser su turbante) y dije:

- JO.

-¿Qué? - Me contestó.

-¡Hey!- lo reprendí alzando la voz. -Yo soy el que hace las preguntas.

-¡Pues haga una!- contestó algo irritado.

En aquél momento recordé el breve lapso de tiempo que tuve para preparar la entrevista y que invertí en provocar pleitos entre artrópodos. Me lamenté que ninguna hormiga hubiera muerto en la trifulca.

- ¿Le gustan las hormigas? - Le dije.

- ¿Qué?- Contestó. - ¿Qué me importan a mí las hormig…

- ¡Tiene una paseando por su hombro! - y le dí un certero manazo justo antes de que pudiera voltear a verse. 

Granês me veía con sus ojos vidriados por la ira. Sus pobladas cejas, trémulas y erizadas como púas.

- Muy bien - le dije. -Basta de cuentos. Dígame cuál ha sido el día más importante de su vida.

Granês, que a este punto ya había perdido toda esperanza de contestar alguna pregunta ligeramente inteligente, bajó la vista hacia donde se juntaban sus manos, en la mesa. Luego dijo:

- ¡Vaya!- exclamó después de respirar pesadamente- Sí que la pasé espectacular aquél día, en el 76. Mi primer clase de Kung F…

Se tomó un tiempo y luego me miró con malicia. Su boca ligeramente torcida.

- Esto es una trampa - me dijo. - Es una pregunta con trampa.

- ¿Lo es?- Contesté arqueando la única ceja que soy capaz de arquear.

- No existe tal cosa - contestó con modestia. - El día en el que vi la vida por primera vez, tendría que ser.

Nos miramos con terquedad unos minutos. Después, poseídos por un extraño frenesí, estrechamos fuertemente nuestras manos. Como dos viejos y sabios amigos.

- ¿Vamos por una cerveza? - propuse.

- Ya era hora - contestó.

En el camino al botanero del Rinconcito, le pregunté cuál creía él que podría ser la unidad de medida de la importancia.

Después de discutirlo varias horas, llegamos a la conclusión de que esta unidad tendría que ser el Bruce Willis, y que su equivalencia en el sistema inglés sería un anti-armaggedon, con una relación de 1 - 0.328 respectivamente.

Apr 23

El blues de la trampa.

Algunas armónicas tienen forma de pene (esta no).

Tal vez sólo la vida sabe para qué sirve la vida. Tal vez ni ella, sea lo que sea, lo sepa. De cualquier manera, sepa o no sepa, el idioma en el que habla la vida es inentendible y tal vez secreto y tal vez hasta sea sordomuda. Por lo que es imposible para nosotros saber, para empezar, si sabe, si no sabe o si solo tiene una vaga idea de para qué sirve la vida; y por lo tanto, imposible también que sepamos para qué sirve la vida en realidad, porque hasta el momento la respuesta que para mi gusto es la más razonable es que la vida sirve para crearse a sí misma confusión y dolor y ultramisterio; o sea que tal vez lo mejor que le podría pasar a la vida es que dejara de funcionar para siempre.

Es posible, sin embargo, que algún día de nuestras vidas tengamos una revelación o nos veamos sorprendidos por una epifanía que nos haga pensar: “bien, ¡bien! ¡ESTO ES! ¡DE ESTO SE TRATA!” y alcancemos a distinguir cómo se dibuja ante nosotros un viejo y místico sendero, haciéndonos creer que ese es el camino que debemos seguir. Pero, como ya dije, después de recorrerlo impasiblemente, vamos encontrándonos cada vez más confundidos, cada vez más adoloridos y cada vez más embaucados. Sin haber llegado, a fin de cuentas, a ningún lado.

Pero no todo es pesimismo. Si así lo fuera, toda la gente estaría peleando por un lugar en lo alto de una azotea para poder tirarse de cabeza. Y no es así. Por algún motivo ultramisterioso, tenemos todos bien fija en la cabeza esa esperanza de poder esclarecer, aunque sea solo un poquito, ese ultramisterio de la vida. Y nos levantamos y nos hundimos, otro día más, en ese fango eterno e insondable.

Y cualquiera podría decir: ¡Es una trampa! Y bueno, sería una observación muy correcta. Sí, es una trampa. Pero llegar a esa deducción ya que llevas varios años atrapado… no sé, como que pierde un poco el mérito, a mi juicio. Así que no queda más que fabricarse una armónica con un palo y tocar algún blues.

No está tan mal. Algunos días hay pizza y otros hay cosas mejores. Para ser franco esta entrada estaba planeada para hablar sobre el día más importante de mi vida, o el segundo día más importante de mi vida, o más bien el día de mi vida en el que hice algo importante, pero se me fueron las chivas y terminé dejándome llevar por el funky. ¿Qué importa? Mañana puedo contarlo, o pasado, o cuando me de la gana. Espérenlo, es importante.

Apr 11

Se robaron el agua de las albercas.

Lo siento, Frankie, tu fiesta de cumpleaños será en un McDonalds.

Han sido unas semanas difíciles. Primero el shock de encontrar nuestras piscinas vacías. Luego la pena de despedir a los guardias del fraccionamiento. Después, agravar nuestra pena al vernos necesitados de mandar a nuestras criadas a limpiar los ventanales que una cuadrilla de inconformes exempleados se encargó de huevear (los huevos eran propiedad de nuestro entrañable vecino Gerardo Ollervides, propietario de seis sucursales de Bachoco).

La sociedad de colonos redactó un oficio dirigido a la Secretaría Nacional de Albercas y Toboganes, al Departamento Policíaco, a la Marina y una traducción muy oportuna se envió con destino al FBI y la CIA. La respuesta llegó esta mañana y es alarmante. Además es breve, lo cual es aún más alarmante. Adjunto:

Estimados ciudadanos afectados:

Es una verdadera pena para nosotros y para todos los organismos de este, Su Gobierno, informarles que todo está perdido.

Verdaderamente apenado,

Braulio Manzayún

Vocero de la SPMD

El Gobiero, desconcertado y acalorado, creó una nueva dependencia: la SPMD, Secretaría de Perdón y Mil Disculpas.

Le ruego a usted, ciudadano desinformado, que no me juzgue de un pedazo de snob mentecato, y continue leyendo. Este atentado no solo consistió en llenar un centenar de pipas con el agua de nuestras atesoradas albercas. De haber sido solo así, bastaría con abrir un par de llaves, vaciar las reservas acuíferas de la ciudad y negarle el servicio a las colonias populares durante un par de semanas, medida a la que ellos seguramente estarán ya acostumbrados. En cambio, todos los sistemas de bombeo que llenaban de frescura nuestras vidas, fueron fatalmente averiados. La fábrica de bombas y refacciones para albercas, incendiada. Algún astuto vecino intentó hacer uso de mangueras y cubetas para rellenar su piscina, y se percató que las primeras habían sido acribilladas a machetazos, y el fondo de las segundas, convertido en regaderas por obra de un meticuloso taladro.

Todo está perdido.

Los medios confiables se niegan a hacer declaraciones al no haber, entre toda esta confusión, información que carezca de ambigüedad. Los medios extremistas le atribuyen el desastre a organizaciones revolucionarias, una secta de hidrofóbicos, a la furia divina y hasta a la sociedad del futuro que sufre de una severa escasez de agua y ha viajado al pasado para tomar medidas.

La verdad es que, haya sido quien haya sido, ha logrado algo que solo puede terminar en catástrofe nacional: unificar a las clases burguesas en una masa indivisible de violencia justiciera.

Este reporte pretende funcionar de distintas formas. Declaración de guerra y propaganda de reclutamiento. A los que deseen cooperar en nuestra causa, les prometemos comida, techo, adiestramiento y frescura (no a través de albercas, evidentemente, pero sí a través de congehielos de mora azul). A nuestros enemigos les prometemos invertir hasta el último de nuestros recursos en una venganza que culminará en una histórica gloria, y usaremos las cenizas de sus cuerpos para filtrar el agua de nuestras albercas. En caso de que los responsables provengan del futuro, les prometemos dedicar el resto de nuestras vidas en hacer este mundo tan inhabitable como la más inhabitable de las lunas de Marte.

Mar 17

“Puedo convertir cualquier androide en una bestia asesina”

Título y fotografía: Matt Damon.

El gobierno Mexicano ha contratado a Matt Damon para entrenar a sus androides. Están eliminando la tenencia y proponiendo deducir de impuestos las colegiaturas de las escuelas de paga. Pero si nos descuidamos un segundo, si nos inclinamos para limpiar con un kleenex la mancha de guacamole que ha ensuciado nuestra alfombra, ¡BAM! Matt Damon, o un androide que comparte todas y cada una de las habilidades de espía de Matt Damon (además de su tierno y amigable rostro <3), podrá conocer todos nuestros secretos, podrá robar las joyas de nuestras mujeres, podrá darse una ducha tibia y relajante, podrá ahorcarnos hasta que nuestros ojos se desorbiten y brote sangre de nuestro cuero cabelludo.

¿No está lo suficientemente claro?

¡Contemplen esta imagen de Matt Damon! Recorran con sus pupilas toda la frondosidad de sus labios, comisura a comisura. Evalúen la cristalinidad de sus ojos. Cuestionen la dulzura de su porte.

¡Van a matarnos!

Te digo una cosa: ¿puedes escuchar tu respiración? ¿puedes cerrar los ojos, sostener una bocanada de aire en tu pecho y concentrarte en las vibraciones del tambor de tu sistema auditivo? ¿Sí? Bien. Tal vez puedas escuchar como Matt Damon viola la cerradura de la puerta de tu apartamento. Tal vez puedas escucharlo atravezar la sala-comedor hasta llegar a la cocina. Abrir la despensa. Servirse un tazón entero de Honey-smacks y masticarlo con sigilo.

No puedes aguantar tanto. Necesitas aire. Necesitas abrir los ojos porque desconfías de la ausencia casi-total de luz. Aunque ya no veas nada y no respires aire porque tienes una cuchara forrada de leche atravezándote el cuello.

No podremos contra Matt Damon. Amamos el aire y la luz y aquí ya nos será imposible tener ambos. Yo no sé ustedes, compatriotas, pero pienso mudarme a Nicaragua, donde los androides son minoría y están entrenados por El Rayo de Jalisco.

Feb 26

1984 fue hace mucho.

“Mis exhaustivas investigaciones me impiden explorar el cyberespacio” - Dr. Changoménides, desde Mare Anguis, La Luna.

La telepantalla se encendió de pronto haciéndome saltar del susto. “¡El Gran Hermano nos guiará hasta la victoria definitiva!”, se escuchó en las bocinas del laboratorio. Mi reacción inmediata fue subir mis piernas a la silla y después abrazarlas aterrado, esperando que el suelo se cubriera de una centena de ratas del tamaño de french-poodles. “¡Eh, muchacho, a tu derecha!”, retumbaron los altavoces. Giré sobre mis trémulos glúteos y pude ver la forma de una figura humana batiéndose torpemente dentro de un traje de astronauta en lo que parecía un muy desarticulado baile de robot. “¡Esto lo aprendí en los 80’s!”, apuntó con entusiasmo. Luego, percatándose de mi desconcierto, continuó:

- Perdón por el susto, Winston. Ya puedes bajar los pies.

- ¿Cómo supo que…? - pregunté asombrado.

- Reprogramé el lector neuronal que recolectó tu información para la solicitud de servicio social y ahora sé tanto sobre ti, que si dios quisiera hacerte un juicio imparcial, tendría que venir a consultarme… aunque lo dudo.

- ¡¿Duda usted de la imparcialidad del Dios todopoderoso?!

- Nada de eso - me contestó tajante - dudo de su existencia, y más por costumbre que por otra cosa.

- Pero su imparcialidad está intacta.

- Exacto. Su imparcialidad inexistente es intachable. Su arbitrariedad, inabarcable.

- Menos mal - suspiré con alivio - las blasfemias me hacen sentir algo incómodo.

El Doctor empezó a palmearse y sacudirse el hombro izquierdo, llenándose el laboratorio con la reproducción desfasada de sus gemidos de esfuerzo.

- ¿Está bien, Doctor? - pregunté un poco fastidiado, sospechando que tal vez se tratara de otra penosa muestra de baile.

- Oghgaghh…sí - respondió - solo que me recordaste la comodidad y esta manguera de alimentación intravenosa se atascó… con un coágulo, o algo. Y no estoy absorbiendo mi agua de coco.

- ¿Agua de coco? Creí que estaba usted en el espacio, trabajando, no en… Acapulco.

El doctor dejó de jalonearse a sí mismo, se enderezó y miró directo al lente de la cámara. Segundos después pude escucharlo decir, luego de que dejara escapar una risilla algo ronca:

- Oh, oh, amigo. estoy en el espacio, estoy trabajando y estoy en un lugar que alguna cosa en común tendrá con Acapulco.

- ¿Está en alguno de los mares de la luna?

- ¡Exacto! sobre la prolongada superficie del Mar de la Serpiente. De hecho puedes encontrarme en el telescopio, estoy en la parte visible de la luna, mete estas coordenadas selenográficas al telescopio… espérame… veintidós coma seis grados norte y… sesenta y séis coma siete grados este.

- Eehh… como que mejor alrato.

- ¡De una vez!

- Me da algo de pena…

- ¡Métele!

- …además ya lo estoy viendo por la telepantalla.

- ¡Ya métele, hombre! ¡Ogh!

Sabía que el doctor había programado una aplicación bastante avanzada para hacer funcionar el telescopio del laboratorio, y que esta estaba instalada en la computadora, pero supuse que lo irritaría un poco si usaba Google Telescope para mirarlo.

Abrí Firefox y revisé si había recibido algún correo, mirando de vez en cuando la telepantalla que únicamente mostraba la superficie lunar, ya que el doctor había abandonado su puesto.

- ¡Eh, chico! ¡Eh! ¿Me estás viendo? - se escuchó.

Seleccioné el satélite a inspeccionar y las coordenadas que me había dado. Hice un zoom considerable y pude verlo; su traje, de una talla mucho más grande que la conveniente, rozaba la superficie lunar, aunque él lucía recostado en un camastro, haciendo poses exóticas como de calendario de Maxim.

- ¿Ya me ves? - preguntó de nuevo, impaciente.

- Ya, ya, ya lo veo - expuse con algo de aburrimiento.

- Sexy, ¿no?

- Muchísimo - le dije, luego desenfundé: - ¿Pues qué clase de experimento es ese, que lo tiene a usted recostado en un camastro y absorbiendo agua de coco vía intravenosa en uno de los mares de la luna?

- ¡Bien por la pregunta, chico! - contestó levantándose y, mientras doblaba las mangas del traje y se subía los pantalones, explicó: - No es un experimento serio, es más bien un ejercicio de ironía.

- ¿De ironía? - pregunté ligeramente intrigado. Muy ligeramente intrigado.

- ¡Así es! - enunció - me pareció muy oportuno que, ya que mi estación espacial se encontraba ligeramente cerca de la Luna, viviera esa experiencia que resulta tan ilógica en el planeta en el ahorita estás sentado.

Me levanté de la silla fingiendo una punzada de dolor en la espalda solo para llevarle la contraria.

- …parado - corrigió.

Volví a sentarme con rapidez.

- …¡Bueno, viviendo, viviendo! - reparó.

- ¿Decía? - inquirí.

- Sí, esa experiencia que desde tu perspectiva es rebozante de contrariedad.

- ¿Ajá?

- Vine a tomar el sol a la luna. ¿Qué te parece?

- Me parece que es una experiencia que reboza de contrariedad.

- Desde tu perspectiva, muchacho, desde tu perspectiva. Recuerda eso.

- ¿Y por qué es interesante que yo conozca esa experiencia, Doctor? Estaba algo ocupado clasificando las fotos de su primera comunión.

- ¡AH! ¡No me recuerdes aquellos días de oscurantismo! ¡Tíralas! ¡Tíralas todas!

- ¡Pero me tardé tres hor…!

- ¡QUE LAS TIRES TE DIGO!

Tomé el álbum de fotos, lo elevé hasta donde mi brazo derecho alcanzó, lo dejé caer y luego le di una patada tan fuerte a la portada que las hojas del libro se dispersaron por todas partes.

- ¡Bien hecho, hijo! - me congratuló el Doctor. - Te decía, tienes que documentar todo esto. ¡Es muy importante! Estoy tan ocupado con tantos proyectos que…

Una pelota de playa, pasó rodando a sus espaldas.

- …¡Oh, a dónde vas!- gritó y salió corriendo tras ella.

Segundos después regresó sujetándola con su brazo derecho. Colocó su otra mano en su cintura aparentando seriedad:

- Te decía, chico, estos proyectos míos son muy demandantes y mi sueño de la adolescencia siempre fue conseguir la fama en internet. ¡Para eso te necesito!

- ¿Y ordenar y documentar su laboratorio-oficina?

- …ah, sí, sí, también eso, como sea. Ya sabes qué dicen: si no puedes hacer algo tú mismo, consigue a alguien que lo haga por ti. ¡Gratis! Bendito sea el servicio social.

Fulminé la telepantalla con una mirada de Dandy de Nueva York y después pisé con fuerza una foto que había quedado cerca de mi pierna, en la que el joven doctor recibía de manos de su madrina su biblia y su rosario.

- Oh, no te lo tomes personal, me dijo. Recuerda que sé prácticamente todo de ti. Tengo todo un disco duro repleto de experiencias vergonzosas que podría transmitir hasta el último rincón del universo.

Si te encuentras con alguien que sabe más cosas de ti que tú mismo, experimentas el odio y la humillación más sinceros.

- Escribe de lo genial que soy tomando el sol aquí en la luna. Luego te contaré otra historia.

Y eso fue lo último que se escuchó, porque partí la telepantalla de un rodillazo.

Feb 19

La oficina del Dr. Chango es un cagadero.

Pero él no hizo nada.

El Servicio Social es un asunto serio. Seguramente se le ocurrió a un servidor público que por pura casualidad se encontró con la palabra “economía” en el diccionario, leyó la definición, y, después de un engorroso trámite neuronal en el que hubo que hacer cola en distintos puntos de su institución craneana, decidió que dar educación gratuita al sector más malagradecido, improductivo y problemático de la sociedad, la juventud, era un negocio muy poco rentable. Entonces, a unos cuantos Joules de cambiar el estado físico de toda su composición material (se me ocurre que podría pasar al gaseoso, aunque también podría ser al plasma) debido a su momento de Eureka, presentó la iniciativa de que todo alumno que cursara estudios medios, medio-superiores, superiores y posteriores a éste, tuviera que realizar trabajos gratuitos de poca trascendencia en beneficio de una multitud de gente a la que, o no le interesa este beneficio, o no está enterado de que existe, o ni siquiera lo considera como algo beneficioso y sí más bien como un perjudicial derroche de tiempo y recursos. Como les digo, el servicio social es un tema que debe tratarse con mucha delicadeza, especialmente si ves haciendo ronda en tus inmediaciones a un androide del gobierno.

Pero esto no es un llamado a la rebelión. Ni siquiera un grito de protesta. Esto es solo parte del trabajo.

Entonces esta historia empieza cuando llevé mi chip de inscripción a la escuela antes de iniciar el semestre. El scanner neuronal acomodó mi horario según mis prioridades (dormir hasta las 11 de la mañana, cocinar los huevos estrellados perfectos, encerrarme en la biblioteca, internet, bableblabli bló, escuela).  Así, al terminar la computadora de hacer el trámite y procesamiento, mantuve mi dedo en la pantalla en la posición donde usualmente se encontraría el botón de “Sí, sí, sí, acepto todo, imprime el bendito recibo ya”, pero en lugar de eso me encontré con un botón que decía: “Tomar tutorial ahora”. Busqué otros botones. Un banner en la pantalla parpadeaba intermitentemente con la leyenda: “¡Felicidades! Tienes los créditos suficientes para iniciar tu servicio social”, y no habían más opciones. Tomar tutorial ahora, pensé. Tutorial. Miré el reloj: una y veinte. Ahora.

Situaciones como esa ponen a hiperventilar a mi claustrofóbico interior. Volteé discretamente en dirección a la salida. Al umbral de la puerta, la Dra. Menguenche se miraba las puntas de los zapatos con un aire de aburrimiento. A su lado, dos androides del gobierno me miraban fijamente. Uno de ellos alzó una de sus cejas. La maestra alzó la vista. Yo sudaba.

- ¡Tienes los créditos! - me dijo - ¡Felicidades!

Yo, reproduciendo mentalmente las imágenes de una salvaje huída que empezaba con uno de los ventanales siendo aparatosamente destruido por la suela de mi zapato en un perfecto salto de gimnasia, y que terminaba con mi cara siendo aparatosamente destruida por las suelas de una cuadrilla de androides rabiosos, le contesté hecho una bola de nervios:

- Gracias, igualmente.

- ¿Igualmente?- interrogó confundida - ¿Por qué igualmente?

Mi claustrofóbico interno empezó a ponerse morado y a arañar las paredes de un ataúd imaginario.

- Eehh… sí - le dije avergonzado - por sus zapatos, están muy bonitos. - Y gesticulé una sonrisa estúpida.

La Doctora miró ruborizada la punta de sus zapatos y exclamó:

- ¡Gracias! Mi marido me los trajo de Uriangato.

- Un pueblito pintoresco - agregué.

- Lleno de gente trabajadora - apuntó ella.

- Y muy cálida y honrada.

El asunto con las computadoras de la universidad es que si no eliges una opción del menú en menos de cinco minutos, liberan una descarga eléctrica que te sacude. Esto por motivos de ahorro de energía. Por supuesto, el consumo adicional, más la descarga, se adicionan a tu recibo de inscripción bajo el concepto: “Actitud antiproductiva”. Casi siempre son treinta pesos y el precio va duplicándose según el número de descargas que recibas.

- Uy, ahí va un treintón - dijo en tono burlón al ver cómo mi cuerpo se torcía de pronto. Luego bostezó y bajó de nuevo la vista, conquistada por su calzado.

- ¡TE ODIO PUTA PANTALLA FLOTANTE! - grité furioso. Y luego, curado completamente de mi claustrofobia, toqué el botón de “Aceptar multa” y después, ya enrachado, “Tomar tutorial ahora”.

Se abrió una presentación de ciento setenta y séis diapositivas. Qué es el servicio social. Historia del servicio social (Ver resumen en Párrafo #1). Por qué es importante hacer servicio social. Por qué eres importante tú para el servicio social. Dónde puedo hacer mi servicio social. Qué terribles calamidades pueden pasarte si desertas al servicio social. Etcétera.

Después debía elegir, de entre una lista interminable de instituciones, sociedades anónimas y departamentos gubernamentales, la opción que me pareciera menos denigrante. Se abrió un aviso: “Al haber usted, alumno desconcienzudo, abusado de su consumo habitual de energía, tendrá que elegir una opción en 60 segs. antes de la próxima descarga”. Y el timer en la esquina superior derecha empezó a correr.

- ¡Las suelas de once chanclas de Uriangato! - grité, y empecé a ojear desesperadamente la lista.

Las personas que no sabemos actuar bajo presión tenemos la desventaja de no saber qué hacer cuando estamos bajo presión. Esto quiere decir que nos encomendamos al azar, al caos y a la bendita coincidencia. Bajé el cursor como si fuera una ruleta en un programa de concursos y me econtré con una solicitud que decía más o menos esto:

Estudiante de ingeniería trabajador, cálido y honesto, preferiblemente originario de Uriangato, o con gusto y experiencia en bableblabli bló.

-Dr. Changoménides, Laboratorio de Experimentación Confidencial”.

Toqué el botón de “Solicitar vacancia” cuando el timer estaba en tres segundos. El lector neuronal llenó mi solicitud siendo esta aceptada de inmediato.

A los pocos minutos recibí un correo del Doctor que decía: “Favor de presentarse en mi oficina tan pronto como le sea a usted posible. Gracias. Anexo mapa secreto de ubicación.”

Y así es como me explicó, vía una conferencia de video (está haciendo estudios genéticos en un módulo espacial), que mi trabajo consistiría en reorganizar su oficina-laboratorio, documentar el proceso, y difundirlo en la red de una forma accesible.

Hoy, a las 16:46 de este sábado 19 de Febrero, empiezo, rodeado de montañas de papeles, cáscaras de frutas exóticas, criaturas descansando en cámaras acuosas, tubos de ensayo, probetas, matraces y cajas de pizza, a servirle con toda mi disposición y humildad al brillante Dr. Chango, quien asegura que aquél lote que le fue asignado por la universidad hace aproximadamente ocho años, “así ya estaba cuando llegué”. 

Feb 16

Así es como funcionan los patos.

A chingadazos.

Lo más padre de que ya se haya dicho todo y de una forma muy elocuente, objetiva o hasta bonita, es que nos da la oportunidad a nosotros, los que cada que abrimos la boca o empezamos a teclear nos sentimos como si un puto oso nos sorprendiera con los pantalones abajo, orinando en su caverna, y tratáramos de, si no sobrevivir, sí por lo menos vaciar la vejiga antes de recibir el primer zarpazo *, de hacerlo de la forma más desinteresada, casual, libre y hasta tonta, porque ¿para qué ponerse con Sansón a las patadas cuando a lo más que puedes aspirar es a un empate?

Además Sansón ya se murió hace mucho.

Pero claro, está también la posibilidad de que eso es lo que piense yo, como un mecanismo de defensa, para consolarme a mí mismo. Eso es lo que pasa siempre. Así se va sublimando todo, hasta tú y el suelo que crees que pisas, se evapora, se desvanece y se dispersa en la densidad de esa neblina universal. Es que todo lo que eres está en tu cerebro, y tu cerebro, como tu estómago ulcerado, como tu hígado vapuleado o como tus pulmones tiznados, es un órgano. Y los órganos fallan. Entonces, creo, el pensamiento más sano es el de la incredulidad. Dudar de lo que piensas es la mejor forma de mantenerse en tierra aunque muchas veces se sienta como todo lo contrario.

Pero en todas partes hay gente gritando, tratando de probarle a todo el mundo que ellos tienen la razón y la verdad y que todo lo que se salga de los vértices de su (obtusa) geometría de pensamiento está mal y debe ser condenado. Hasta en los blogs. Hasta en tuiter. Y ahí está ese conflicto de por qué debería uno estar acá parloteando con una maravilla de pantalla iluminada si ni siquiera tiene consciencia de cómo funciona el timbre de su casa.

Si te pones a pensar, prácticamente no mereces ni la cuarta parte de las cosas que tienes, porque no solo no sabes cómo se hicieron ni cómo funcionan, si no que ni siquiera estás interesado en saberlo.

Por eso pienso en los patos y en las aves en general y creo que se están ganando el vuelo en cada migración.

*Nominada a la Metáfora Más Chafa 2011.